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Columna especial “Con ciertos textos

Texto sobre texto: Ralph Fiennes es el Heathcliff que me imaginaba mientras leía Cumbres borrascosas

Por: Iris Juárez

A medida que pasan los meses y con este nuevo encierro, recuerdo cómo fueron los primeros días de aislamiento social. Recuerdo ver pasar pocas personas por la ventana de mi viejo departamento, recuerdo esa sensación de incertidumbre, recuerdo que tenía el corazón roto tras una dura ruptura; pero lo que más recuerdo son las conversaciones vía mensaje con mi amigo Daniel. Hace un par de años Daniel me recomendó leer Nuestra señora de París de Victor Hugo, mientras que con una risa burlona me contó el final. No creyó que yo, quien huye del compromiso, me embarcaría en una lectura que ronda las 600 páginas. En plena pandemia compré en una librería de viejo una hermosa edición pasta dura de 1972. Me lo leí en cuatro o cinco días. En esas fechas lo único que hacía era leer, llorar y dormir. Mientras iba leyendo la oscura historia de Quasimodo, le contaba a Daniel de mis avances, de ahí se nos ocurrió comenzar a leer libros para comentar. Comenzar una surte de círculo de lectura para dos.

Daniel no sólo gusta del cine de Sofia Coppola, Daniel estudia el cine de la directora estadounidense. Durante el confinamiento salió la noticia de que Sofia comenzaría la pre-producción de una serie para Apple TV basada en la novela Las costumbres del país de Edith Wharton. Él acordó que esa sería su propuesta para el ejercicio de lectura. Yo, por mi parte, propuse Cumbres Borrascosas de Emily Brontë, acababa de escuchar una entrevista que le hicieron a Mariana Enriquez a propósito de su novela Nuestra parte de la noche, donde habló apasionadamente de un libro que yo leí hace años, y para ser honesta ni siquiera recordaba. Le propuse a Daniel acompañarme a releerlo. A la iniciativa se sumaron tres personas más, teníamos un verdadero círculo de lectura. Eso fracasó, con el paso de los meses, seguimos siendo dos. Para la siguiente ronda Daniel propuso Bambi de Felix Salten, y yo, Retrato de una dama de Henry James.

Me gusta pensar en estos recorridos que hacemos en la elección de los textos que consumimos, y que de una u otra manera nos marcan o dejamos que nos marquen. La primera vez que leí Cumbres borrascosas debió ser en la adolescencia, por ahí en 2003. Recuerdo que leí la novela porque la tope en una feria de libros, y la compré porque recordaba haber visto en algún canal de televisión un fragmento de la película del director británico Peter Kosminsky, la versión de 1992. Entendía que Ralph Fiennes era el protagonista, entendía que era Heathcliff. Cuando comencé a leer, supuse que Juliette Binoche era Catherine Eamshaw, los demás personajes no tenían cara, yo se las fui poniendo. En disciplinas tan serias como historia del arte, historia conceptual e historiografía, hay algo a lo que llaman “la observación de la observación”. Es decir, posiciones desde donde se configuran espacios de experiencias y horizontes de expectativas que están ahí al momento de leer o producir una interpretación de un texto. Cuando hablo de textos también refiero a soportes como el cine o la fotografía, por ejemplo. Pienso en qué espacio de experiencia y expectativas atravesaban a Emily Brönte. Lo que leyó Kosminsky. Lo que vi en pantalla. Lo que leí en 2003. Lo que leyó Daniel. Lo que leí yo durante el confinamiento. Observación de la observación de la observación, como una cadena sin fin. Poner un texto sobre otro texto.

Desconozco cuántas adaptaciones al cine hay de Cumbres borrascosas, pero sé que son suficientes como para no detenerme a hacer una lista. Sin embargo, la película de Kosminsky tiene algo que las versiones previas no tenían, la puesta en escena de las dos generaciones en las que afinca su relato Emily Brontë. El reto era enorme, la historia de los padres es exuberante y compleja, pero sin los hijos es imposible poner fin a la maldición. Es una obviedad decir que, aunque la película es redonda y se tomaron ciertas libertades narrativas para agilizar el relato, la película funciona: visualmente es bellísima, los paisajes que imaginamos mientras leemos se iluminan, esto le da paso a otra experiencia. Al director le interesan ciertos momentos que atraviesan a Heathcliff: su llegada a Cumbres, la muerte del Señor Eamshow (quien lo adopta y le da categoría de hijo), los maltratos del Hindley (hermano de Catherine e hijo del señor Eamshow), el comienzo de la amistad de Catherine con los Linton, la huida y regreso de Heathcliff y la muerte de Catherine. Pero hay un momento que quisiera explorar a detalle: el desahogo de Heathcliff frente a la muerte de Catherine. Y mientras pienso en ello, también me repito que cada texto es una observación de otra observación.

Mientras avanzábamos en la lectura de la novela, me encontré atraída por Heathcliff. Daniel me respondió en más de una ocasión que no entendía mi fascinación por ese personaje. Pues ya a mitad de la novela no le encontraba ninguna bondad. En el prólogo de la edición de Porrúa, que fue la que yo leí, Sergio Pitol escribió,  “Heathcliff es el macho, el prototipo de todo lo que golpea y penetra; es también el único personaje que es capaz de vivir esclavizado a una pasión amorosa. El macho, sí, pero también el amante: la caricia y el látigo”. Y aunque la imagen que propone Pitol es preciosa, Heathcliff no es ni caricia, ni látigo. Heathcliff es Emily Brontë. Pensar en ella diseñando a un gitano moreno y cruel, le da otra dimensión al personaje. La idea de que Catherine y Heathcliff son en conjunto lo que ella fue, lo que estaba dentro de sí. Emily Brontë nació en 1818 y falleció en 1848 a causa de la tuberculosis, tenía apenas 30 años. Heathcliff, y no me cansaré de repetir, es ella. Por tanto, nunca tuvo necesidad de redimirlo, tampoco a Catherine. Los condenó, en cambio, a una eternidad juntos. Los convirtió en espíritus prisiones de la casa de las Cumbres.

En mi lectura siempre estuvo presente Ralph Fiennes, pues su cara es la cara de mi Heathcliff. La sensación de estar leyendo un texto desde otro texto estuvo siempre ahí. Sin embargo, en la versión de Kosminsky sí encuentro la necesidad de redimir al monstruo, de justificar su crueldad con la pasión y el amor que le profesa a Catherine. Cuando Catherine muere, Heathcliff, a la sombra de un árbol reclama: “Yo sé que los espectros vagan por la tierra. Quédate siempre conmigo…, preséntate ante mí en cualquier forma… ¡Vuélveme loco!…, pero no me dejes en este abismo sin poder encontrarte. ¡Oh cielos; es insoportable! ¡No puedo vivir sin mi vida! ¡No puedo vivir sin mi alma!”. Este es el momento en que Emily Brontë concreta una narración que no se reduce a una historia de amor -por mucho tiempo se leyó de ese modo- sino una historia de horror, del horror humano. El rechazo a esencializar a sus personajes dentro del bien y el mal transita la novela. Todos los personajes son mezquinos y salvajes, egoístas y caprichosos. Cumbres borrascosas es un infierno que no tiene salida, que comienza y termina en dos seres de pasiones desbordadas. Cada uno de los personajes de Emily Brontë es digno del destino que habita. Y cada uno de ellos se salvó o hundió desde el odio y el rencor. Creo que el círculo se cierra ahí, la mente de Emily siempre estará por encima de cualquier otra interpretación. Y frente a la redención que Kosminsky le presenta a Heathcliff, Emily se la negará eternamente, y en cambio, le ofrece el infierno de una pasión que no se agota, que lo convierte en monstruo.

Daniel, por supuesto, tiene conclusiones menos pasionales que las mías, y posiblemente más interesantes. Pasamos más de dos horas en videollamada intercambiando las sensaciones que nos dejó la lectura de Cumbres borrascosas; sin contar las tardes que gastamos enviando audios y mensajes durante el proceso de lectura. Seguramente mucho de él está aquí, en este entramado de textos sobre textos y de voces encimadas. Y bueno, quise presentarles a mi interlocutor porque me ilusiona pensar que somos más que lecturas; que somos también esa gente que nos rodea con afectos.

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Columna especial “Con ciertos textos”

Es casi imposible hablar de pasiones sin caer, en algún momento, en un halo de cursilería. Y yo, cuando hablo de fútbol, resuelvo imposible caer en la más barroca y ridícula cursilería. Todavía reciente la muerte del más grande (desde donde yo lo leo) no contuve la necesidad de pensar en el Diego, en el Maradona. Busqué en mi memoria la cosa que más recuerdo de él, y sí, fue ese gol con el puño contra los ingleses en cuartos de final en México 86. No tengo claro en qué momento ese gol mañoso se convirtió en un símbolo, de tantas cosas y para tanta gente. Puede que sea el día que lo sacralizamos, el día que volvimos a Maradona un Dios.
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